viernes, 9 de enero de 2015

miércoles, 11 de abril de 2012

Teatro XII



Justo a tiempo. En la puerta del colegio están los matones del señor Ricardo, así que por el momento dejaremos al niño Andalucio crecer a la sombra de su progenitor con el visado de su madre.
Salvador Brecht junto con Marco Otelo han llegado a tiempo antes que sus compañeros secuestraran al niño. Ahora hay cambio de planes. Como la derecha avanza sin control alguno y los esbirros ya están dispuestos a llevar a cabo las represalias cambiando las leyes si hace falta, y si los apuran acabarán con todas las autonomías además de privatizar todo lo público.
Salvador:
-¡Hola muchachos! Llegamos a tiempo, ahora tenemos que cambiar de planes. Los perros de don Ricardo, y los de la policía han hecho ya de las suyas, nos buscan y quieren darnos un escarmiento. Tenemos que cambiar el objetivo.
Toro Sentado:
-Pero la idea de secuestrar al niño de don Ricardo era buena, así tendríamos al cabrón ese cogido por los güevos.
Peter Magnus:
-Podemos siempre ir a buscar una pieza más alta, como diría Yuri Sakastovief, moveremos la pieza en el tablero cuando hagamos el mayor daño posible, y ese Andalucio no nos iba a servir de nada, sobre todo sabiendo que su padre no lo aprecia tanto como a sus finanzas.
Avalon Breton:
-¿Y qué pieza es esa?
Peter Magnus:
-La mejor de todas las piezas, se llama Men, bueno, así es como la llaman los amigos…
Salvador:
-¡Claro! Cómo no lo habríamos pensado antes. Men la hija de…
Se hace el silencio porque un par de tipos sospechosos de pertenecer a los hombres de don Ricardo pasan cerca de la mesa a la que están sentados nuestros hombres.
Peter Magnus:
-Esa misma, y sabemos qué amor le procesa su padre, y sobre todo su madre que será la clave para conseguir nuestro propósito.
Avalon Breton:
¿Dónde vamos a buscar la pieza?
Salvador:
-Iremos a El lado salvaje, y allí la encontraremos.
Peter Magnus:
-Exactamente, en Sahara de los Atunes la vi hace un par de días que estuve allí con mi amigo Rov Dalas.
Los hombres tomaron sus consumiciones en silencio, pagaron y salieron cada uno por un lado para no levantar sospechas. Un hombre solo no es motivo de prevención, pero un grupo sí, sobre todo de la pinta que los de El Club Slovo tienen. Saben que son vigilados y saben que los han visto en la cafetería juntos por tanto maquinando, pero demasiados testigos ante los cuales no es conveniente actuar, eso los saben los hombres de don Ricardo.

Un hombre de pelo negro, fornido y alto, cuyo cuerpo estaba enfundado en un elegante abrigo azul, y cuyos ojos ocultaba tras unas brillantes gafas oscuras se sacudía las miserias que la ninfa había depositado sobre él. << ¡Joder con las Fuentes de Castalia!>> dijo el atractivo galán que esperaba a un contacto, el que en esos momentos llegaba siendo testigo del chorro de vómito que sobre su amigo era enviado desde las alturas. Miró hacia arriba y puedo descubrirla. << Sin duda, es ella>> dijo el recién llegado. <<¿Es nuestra ninfa?>> preguntó el hombre de abrigo azul, ahora vomitado. <<Sí, es ella, vamos>> dijo el de la boina negra y abrigo largo de cuero verdoso.
Eva dormía profundamente soñando con vacas en un extenso prado cuando abrieron la habitación y entraron aquellos dos hombres. Men estaba en la terraza recuperándose de su vomitona para lo que había decidido tomar una cerveza y encender otro cigarro. En el estado de atontamiento en el que se encontraba no se percató de la presencia de los dos extraños. <<Es idéntica a la virgen>> dijo el del abrigo azul exhalando una bocanada de humo, fumaba algo nervioso porque no era hombre acostumbrado a los allanamientos de moradas. <<Sí, es la auténtica Isabel, por fin la tenemos>> dijo el de la boina y abrigo de cuero verdoso.
La chica al descubrir la presencia de aquellos desconocidos intentó gritar, pero ya era tarde, el más fornido, a pesar de su nerviosismo y por miedo a ser descubierto, la había apresado entre sus fuertes brazos y con la mano izquierda le tapaba la boca. La chica como una fiera intentaba, poniendo todos sus medios, zafarse de aquella garra y como vio que era imposible llevar a cabo tal hazaña, decidió ser más cooperadora. Y estando en los brazos de aquel joven tuvo la sensación de estar teniendo un orgasmo. Al momento todo fue oscuridad. Y en el tránsito de esta a la luz recordó un libro de relatos que había leído, Tais y la leyenda del farol nórdico, en el que Tais sufre un intento de estrangulamiento por parte de su raptor.
Eva seguía sumida en su idílico ensueño en el que un fauno la penetraba con toda la fuerza de su magnífica virilidad.
Y en el preciso momento en que la luz de aquel sol matutino deslumbró los ojos de las dos mujeres que no habían tenido tiempo de colocarse sus gafas de sol, decimos, que en ese mismo momento un coche se acercó a la acera, sus puertas traseras fueron abiertas desde dentro donde un tal Toro Sentado las había hecho abrir para que sus compañeros pudieran empujar a las dos mujeres al interior del vehículo.
-¡Pero…!- dijo el conductor llamado Proleto-, ¿no íbamos a secuestrar a una chica?

-Cosas de las improvisaciones, qué le vamos hacer- dijo el de la boina calada al estilo del Che.

-¿Y quién se supone que es la otra mujer?- preguntó el que respondía al nombre de Toro Sentado.

-No lo sabemos, ni nos importa, pero ya no podremos dejarla atrás, es un testigo que no podemos dejar por ahí- respondió el del abrigo de paño azul que seguía ocultando sus ojos tras aquellos lentes pasados de moda que le conferían un aire de trasnochado don juan de los setenta.

El coche se puso en marcha y en el sus ocupantes se perdieron por la avenida de Andalucía y salieron de este relato por el momento.


martes, 27 de marzo de 2012

Ascenso y caída de don Andalucio. XII


















XII.


El Club Slovo pisa fuerte.


I.

Mientras Andalucio está en la escuela en Madrid haciéndose un hombretón, en Fuengirola la peña integrante del Club Slovo se parte la cara para sobrevivir. Porque Boni y Martín y el comisario Arturo Robledo están que se salen. Una nueva pista.

--Hay uno que dice que ese Salvador Brecht está relacionado con un taller de teatro en el centro, junto a la plaza de la Constitución.

--¿Un qué coño? --pregunta el comisario Robledo con cara de mala leche.

Boni lo repite mientras Martín eructa como un cerdo. Junto a las palabras de Boni lo que el comisario recibe es un atronador hedor a chorizo picante. Suficiente para que cierre los ojos y contenga la respiración durante unos segundos. "Fuera los dos," dice luego. "¡Traedme su jodida cabeza!"

II.

--¡No, no, no! ¡Así no! Vuelve a leer el texto.

--No entiendo...

--¡Claro que no entiendes! ¡Claro que no lo entiendes! Mira lo que dice el texto. ¡El gesto! ¿Lo ves en el texto? Dice: "Baal se abrocha los cordones poniendo la bota encima de la silla." Tiene que ser ENCIMA de la silla, porque ese es el signo gestual del personaje. Indica su personalidad. Es información esencial sobre él.

--No estoy seguro si lo he...

--¡No, no! No me digas si esto y si aquello. ¡Haz lo que dice el texto! ¿Tan difícil es aprender a interpretar un papel de una obra de teatro épico? Empecemos de nuevo. Desde el comienzo de la escena Tercera en el despacho del abogado. ¡Y recuerda: el pie encima de la silla nada más entrar!

III.

En el despacho del abogado Antonio Jurista reina el silencio.

Ahora suena el teléfono. 

--Dígame.

--Soy Luis --dice el director del periódico asustado.

--Dime.

--Parece que ese tal Brecht quiere hablar contigo.

--Cómo que... A qué te refieres.

Silencio al otro lado de la línea. Al punto y por la puerta aparece un hombre. El abogado Antonio Jurista, sorprendido, acierta a decir entonces:

--Un momento --dice--. ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

El hombre, poniendo el pie encima de una de las sillas frente a la mesa, responde: 

--Soy Salvador Brecht. Espere a que me ate estos cordones y le cuento. Bonito despacho, por cierto. ¿Lo ha decorado usted mismo?

IV.

--Vale. Contento con esta escena. A por la siguiente.

No hay tiempo, porque por la puerta entran Boni y Martín.

--¿Qué es lo que quieren? --pregunta el director incrédulo.

Habla Boni.

--Queremos que nos diga dónde está Brecht.

El director, que está preparando precisamente la obra de teatro Baal de Bertolt Brecht, la flipa.

No equivoca mucho su pregunta cuando les dice:

--¿Son ustedes actores también?





martes, 13 de marzo de 2012

Teatro XI


Casa de Marco. Suena el timbre de la puerta. Tres veces, pausa, dos veces, pausa, una vez, pausa, vuelve a sonar otra vez tres veces. Marco sabe que es la contraseña, es Salvador Brecht que aturdido todavía de los efectos de los tranquilizantes y relajantes que le han puesto en el hospital llega a buscar a los otros compañeros.
-¡Hombre! ¿Qué te ha pasado?
-Nada nuevo Marco, esos polis las gastan putas.
-Ya sé cómo las gastan esos cabrones. Si no me dejan vivir en paz solo porque soy mulato. Y siempre me paran y me piden la documentación, y yo les doy mis papeles, todos en regla, tengo doble nacionalidad y a esos racistas les jode, ¿sabes?
-Marco, ¿han estado aquí los compañeros?

-Sí, hace rato que se fueron. Dijeron que tenían que seguir con el plan aunque tú no hubieras aparecido. Eso es lo que se trató dijo Magnus que parecía algo cabreado con esos políticos y ese empresario, y sobre todo con el comisario y sus esbirros. Les conté lo que habían estado haciendo los muy…

-Sí, yo también sé lo que han estado haciendo. Nos quieren y ahora no oficialmente, y ese es el problema, no podremos acusarlos de nada, han contratado a esos mercenarios de España 5000, ya sabes quiénes te digo, ¿no?
-Sí, lo sé, estuve en Barcelona y me los topé un par de veces, y me dieron de lo lindo, esos dicen que quieren echar de aquí a todos los negros y moros.
-Sí, pero eso es solo la punta del iceberg. El señor Ricardo y sus secuaces lo que quieren es instaurar la dictadura de nuevo, al menos aquí en Font-Girola.
-¡Oye Brecht! Los compañeros se fueron a buscar al niño como habíamos acordado, ¿lo recuerdas?

-Sí, sí, lo recuerdo, pero ahora no creo que sea el momento, están alertas y nos va a coger a todos y con el niño no podremos hacer nada; a su padre, a don Ricardo, no le importa en absoluto ese Andalucio, a él le importan más sus negocios e ir tejiendo su dura red de trapecista para no caer y reventarse contra el suelo el día que caiga, si es que conseguimos hacerlo caer. Tenemos que impedirlo Marco,¡ vamos!, ¡corramos!

Puerta del colegio jesuita San Ignacio de Loyola de Font- Girola. Peter Magnus y tres de sus compañeros sentados a la mesa de la terraza de la cafetería de enfrente. En el colegio acaba de sonar la sirena de salida de los alumnos. En la puerta está Martín, el mayordomo de don Ricardo, el mayordomo y el subalterno para los asuntos sucios. Espera a Andalucio. Los hombres de Brecht también lo esperan. Marco y Salvador salen corriendo hacia el colegio, pero parece que no podrán evitar lo inevitable.

martes, 6 de marzo de 2012

Ascenso y caída de don Andalucio. XI













XI.


Que cuenta cómo Andalucio entró en la escuela y otros pormenores varios.





I.

Su padre le dijo:

—Verás —le dijo—, tienes que estudiar para ser un hombre de provecho.

El ruido era ensordecedor y el niño amordazado por los recuerdos no sabía qué decir:

—¡Repito: Andalucio Cortado! —la voz llegaba desde tan lejos en aquel salón comedor. Los niños lo estaban mirando como si aquel niño fuera un extraterrestre. De nuevo la voz y el grito—: ¡Andalucio Cortado! ¿Acaso no está aquí?

—Director —dijo un niño apuntando a nuestro ensimismado Andalucio—. Está aquí, está aquí, es éste.

El director bajó de su mesa presidencial y se aproximó a la mesa donde estaba nuestro héroe ausente.

II.

Su padre le había dicho:

—Verás —le dijo—, tienes que ser fuerte y valiente. Desde ahora tendrás que hacer las cosas por ti mismo. Yo no podré estar contigo. ¿Entiendes lo que te digo?

El salón comedor era una tumba. El director, que estaba justo detrás del niño ausente, le gritó:

—¡Quiere usted hacer el favor de levantarse, Cortado!

El niño despertó asustado. Sin saber qué pasaba vio las sonrisas de terror y placer de sus compañeros de mesa. Se dio la vuelta. El director estaba detrás suya con sus cejas partidas por esta primera salida de tono de aquel alumno recién llegado. Preguntó con la mirada qué ocurría. Los niños rompieron a reir a lo largo de todo el salón comedor de la escuela. El director explotó entonces con la ira de un Júpiter castigando a Faetón:

—¡Quiere hacer el favor de levantarse y rezar para que podamos comer todos, Cortado!

—Sí, claro —respondió nuestro Faetón.

III.

Conforme avanzaba hasta la tarima donde los niños debían rezar para dar gracias a Dios por la comida que iban a recibir de su mano generosa, Andalucio recordó las palabras de su padre: “Desde ahora estarás solo. Nos veremos. Claro que nos veremos. Pero menos. Debes entender que ahora debes comenzar a aprender a vivir tú solo para ser el día de mañana un hombre de provecho.

Cuando los alumnos de la escuela de los Maristas de Madrid dejaron de reír, Andalucio comenzó a leer la oración en acción de gracias a Dios y su hijo Jesucristo y su madre María. Una voz, la del alumno más peligroso del colegio, susurró a un compañero:

—A ese le vamos a dar de lo lindo. Un par de hostias y verás cómo nos reímos.

—¿En qué piensas? —le preguntó Ana durante la comida.

Andalucio, que estaba recordando algunas imágenes de su época de estudiante, despertó y dijo:

—Cosas raras —dijo. Y sonriendo, añadió—: ¿Alguna vez te has preguntado por qué ciertas imágenes que estaban escondidas en tu memoria durante años y décadas, regresan a la superficie y piden ser contestadas? 

Ana guardó silencio. No sabía qué decir. Lo pensó bastante antes de decir: "Explícate mejor." Pero no hubo tiempo. Alguien dijo: "Hora de volver al despacho." 

Antes de entrar en las oficinas de abogados, Andalucio se giró y vio a alguien mirándole allí, frente al edificio, al otro lado de la acera. Llevaba una gabardina gris de cuero desgastada, una boina negra y un libro en su mano derecha. Sonrió. Le sonrió. Por alguna extraña razón, Andalucio tuvo un presentimiento atroz. Un coche soltó un bocinazo tremendo. Hubo otro que le respondió. Y luego otro. En cuestión de segundos la Avenida Velázquez de la ciudad de Madrid donde estaba el despacho de abogados en el que Andalucio trabajaba se llenó de ruido. Un atasco. Alguien había bloqueado y atascado la avenida. 

El hombre de la boina se reunió con otro de abrigo azul. Ambos se sentaron, abrieron el libro y bajo un destello de luz (el sol abriéndose paso entre las nubes) desaparecieron de allí. Un perro no tardó en acercarse al banco. Lo olisqueó: el fuerte olor le provocó que retirara su hocico de forma brusca. Intentaba interpretar aquel rastro, aquel signo de poder extraño. Se trataba de un macho del lugar sin duda. Pero no lo reconocía. El caniche blanco de ricitos esponjosos levantó la pata, marcó el territorio y se reunió con su dueño que ya lo estaba llamando. 

—Ricitos —dijo la voz—. Ricitos, ven aquí. Vamos a jugar un rato contigo. Te vamos a enseñar a leer. 


Alguien dijo: "No merece la pena, déjalo, Manuel." Pero Manuel no quería saber nada de eso: "En esta escuela se hace lo que yo digo y punto. Tú, Ricitos. Ven aquí."